lunes, 22 de agosto de 2011

Retrato de objetos







Si te maltrata... te marchita

















Entrevista a un escritor

 

Era un atardecer de esos en los cuales hace mucho frío. Estaba dispuesta a ir a casa a descansar después de un agitado día de estudio, de pronto, una compañera de clases me llamó al celular y dijo que tendríamos que hacer la entrevista al escritor que teníamos como tarea para la clase del profesor Wilson Gómez, pues el escritor venía justo a Bucaramanga desde la universidad de los Andes y debíamos aprovechar esa oportunidad. Me senté resignada a esperar que mi compañera llegara con el escritor de quien sólo había escuchado decir que se llamaba Jesús Álvarez y había estudiado en la Universidad Industrial de Santander, la misma universidad donde yo estaba estudiando ahora. Entonces, decidí seguir esperando cerca de media hora cuando de pronto llegó ella junto a un hombre de unos treinta años que portaba anteojos, de inmediato recordé su rostro cuando lo vi por primera vez cuando ingresé a la universidad. Lo saludé y él me respondió igualmente. Los profesores querían invitarlo a tomar algo para hablar un poco. Mi compañera y yo tuvimos que esperar más tiempo como si fuera poco, pues al parecer los profesores querían mucho a nuestro escritor y tenían muchas cosas por hablar. Todo fuera por una buena entrevista. Pasó como una hora y aquel personaje por fin llegó.


Después de unos minutos, alistamos la cámara, la hoja donde se hallaban escritas las preguntas que haríamos y buscamos un lugar iluminado para realizar la entrevista. El lugar más iluminado desafortunadamente era la sala Multimedia, una sala tan fría que no la soportaba ni por una buena nota en Didáctica. Todo el tiempo temblaba de frio mientras soportaba las sonrientes caras de mi compañera y el escritor y para colmo, yo tuve que hacerle las preguntas. Los músculos de mi cara estaban paralizados de frio, pero aun así intenté hacer mi mayor esfuerzo. Empecé con la primera pregunta ¿Qué hay de su presencia como escritor en su trabajo docente?  Él respondió que había una reflexión sobre el acto de escribir, pues un profesor debía ser consciente de cómo debe ser una escritura no sólo desde los referentes teóricos, sino también a partir de su misma experiencia; luego, añadió que el docente que se dedica también a la labor de escritor debe ser consciente que su experiencia también debe influir en su labor de enseñanza. Luego, hice la siguiente pregunta: ¿Cómo define usted su obra literaria? Él se quedó pensando y dijo que era una pregunta difícil y sonreía mientras yo sólo esperaba que el ruido que había allí afuera y de los chicos que entraban a la sala lograra cesar y que el frio pasara un poco, algo imposible en aquel lugar. Al cabo de unos segundos él respondió a mi pregunta diciendo que la respuesta a eso la debía más bien tener otra persona que leyera su obra y que en su opinión definiría su obra como una recreación de las experiencias humanas. Lo típico, pensé yo, pues eso pensaría todo escritor de su obra literaria. La tercera pregunta la realicé con un poco de prisa debido al ruido de unos chicos que entraban a la sala y que se morían de la risa y yo calmé mis deseos de exigirles respeto a nuestro trabajo, pero eso quizás me quedaba mal delante del escritor invitado. Le pregunté que con cuál de los cuentos que él había escrito se identificaba a sí mismo, él respondió que con un cuento que es retrato de la violencia colombiana sobre la desaparición de un padre y cuenta la historia del mismo tono de violencia que se da en un pueblo sin caer en una denuncia política o algo similar, sino en la recreación de la soledad de aquella persona de la cual nunca ha entendido por qué su desaparición. A mí me pareció espeluznante y de hecho antes yo había pensado escribir también sobre la terrible violencia de los años cuarenta y cincuenta según lo que mi padre me narraba sobre esos tiempos tan fríos y violentos. Luego, le pregunté por qué se identificaba con aquel cuento y él contestó que era un tema que siempre le había llamado la atención y ni siquiera él mismo hallaba una respuesta a eso, sin embargo, era el tópico que él manejaba constantemente a la hora de escribir y asimismo, sentía que de esa manera reflejaba mejor lo que quería decir. Por mi parte pensé que en un país como éste ni siquiera en la literatura uno podía escribir lo que quería decir, pues siempre un escritor está al acecho de los inescrupulosos. Luego nos comentó en qué consistía el famoso taller Umpalá, algo de lo que realmente me sabía a chino porque nunca había escuchado hablar de eso. Nos dijo que dicho taller fue una iniciativa del profesor Hernando Motato (profesor de la escuela de Idiomas), quien hace muchos años decidió abrir un espacio en el que se reflexionara la literatura no desde referentes teóricos, sino a partir de componentes estéticos y de la misma creación, Jesús Álvarez lo vio entonces como una manera de ver la literatura sin mezclarse del todo solo en la parte académica, algo que a mí me pareció muy convincente, pero que por tratarse del profesor al que más le tengo resentimiento no le di vueltas al asunto. El hecho de oír el nombre de ese profesor y de que sí hubiese ayudado a otros alumnos, me revolvía el estómago. Después de sus halagos al taller del profesor Motato, le pregunté que si tenía proyectado escribir más adelante una novela o un cuento, a lo que él añadió que tenía una novela a medio camino que se llamaría Los olvidados y también un libro de cuentos que está a casi un sesenta por ciento terminado y se titularía Este mundo cansado y sombrío, un título del cual pensé que sería muy creativo e interesante, pero algo que siempre observé es que el tono del escritor tan fluido no permitía casi dejar ver la pasión que él sentía por su labor y no supe qué deducir de todo esto, si era yo la que pensaba mal o quizás su oficio de escritor era por accidente y no estaba en sus expectativas. En ocasiones sus respuestas eran muy motivadoras, pero cuando todo iba bien veía algo en él como si no se sintiera orgulloso de su talento o sabía disimularlo muy bien.  Le pregunté qué lo motivaba a escribir esas obras y respondió con algo distinto contando que su próxima obra trataría de un pueblo de Colombia que no era muy conocido y que sufrió masacres de parte de las FARC y los paramilitares por malentendidos; exactamente eso era lo que papá me contaba de niña sobre su pasado, las veces que le tocó huir por la fuerte violencia. Al final, nuestro personaje dijo que su motivo era el de dar a conocer la historia de aquel pueblo a través de la recreación literaria por tratarse de un lugar casi invisible. Mientras yo pensaba en aquellas respuestas y lo tomaba para mis expectativas, también soportaba el frio de la sala y al parecer era la única porque los demás estaban muy tranquilos como si nada pasara. Chucho, el nombre que le puse mentalmente al escritor, dijo que las imágenes más reiteradas de su obra era esa ansiedad de una persona por nutrirse de las demás, algo que yo interpreté como el provecho que sacan las personas de otras o mejor, el placer de otras personas por hacer daño. Y es hasta ahora lo que yo pienso de esa respuesta un poco nueva para mí en el sentido semántico. Además, también cabe destacar que él como escritor y profesor de la Universidad de los Andes, pensaba que en las universidades privadas o al menos en aquella, se veía la perspectiva ética en el plano educativo y que todo se basaba en unos referentes de carácter reflexivo que no todas las veces se reflejaba en la práctica, pero que ese el objetivo de la universidad, centrarse en una ética profesional. La verdad es que en cuanto a su docencia y el hecho de ser docente en una universidad tan prestigiosa, le daba brillo en los ojos a Chucho, pues lograr estas metas siendo tan joven era para que cualquiera se sintiera satisfecho y se sentía más la pasión cuando hablaba de su trabajo de docencia que cuando hablaba de su labor como escritor. También sentimos la curiosidad de preguntarle con cuál de sus personajes él se identificaba o al menos los había creado a través de experiencias personales y él nos compartió esa respuesta diciendo que cuando todo escritor estaba en su labor tenía en cuenta muchísimos elementos personales y que no directamente iba a estar él en su obra, pero sí podía configurarse como un espectador y que no sólo había experiencias suyas, sino también de otras personas allegadas a él.

 Después de un largo instante de preguntas y respuestas muy fluidas e interesantes, terminé la entrevista con la última pregunta: A partir de su experiencia como escritor ¿Qué consejos daría a los futuros estudiantes de la UIS? A lo que él atentamente respondió que escribir y leer mucho, pues es a través de la lectura como se llega a la escritura y que el escritor siempre tenía la oportunidad de contar lo que veía o pensaba a través de la voz de sus personajes. Lo más curioso de toda la entrevista fue cuando él nos dijo que un escritor no sabía qué tan buena había sido su obra sólo hasta cuando viera qué tanta satisfacción y emoción había causado su escrito en los lectores y de esta manera se podía decir que el autor había logrado su propósito. Desde mi plano, en mis escritos aun sin concluir pensé exactamente lo mismo un día y encontré en aquel escritor joven una respuesta en la que parecía no querer compartir mucho su secreto y que sin embargo sí encontré en otro escritor poco tiempo después.

Al terminar la entrevista, nuestro personaje, Jesús Álvarez, sólo pensaba en ir a reunirse con unos profesores que hace tiempo no veía  y compartir una buena conversación, tanto que casi no alcanzamos a despedirnos de él. La verdad es que yo hubiese querido entrevistar a un escritor que sí nos compartiera ese secreto de su escritura o que al menos nos diera una voz de aliento para seguir escribiendo, pero quizás él aun no estaba en posición de dar recomendaciones para lograr este objetivo, pero en aquel momento sentí que la vida me daría muchas más oportunidades para entrevistar a más escritores y por qué no, oír de ellos una clave para lograr mi objetivo que iba más allá que el cumplimiento de una simple actividad exigida por el profesor Wilson.

 

¿Señor me deja trabajar?





Pasaba por una situación difícil económicamente, en esas en las que uno se desespera y busca una opción para poder ganar dinero sin darle paso a los malos pensamientos. Mi mamá ya me había dicho que buscara trabajo en la vanguardia, pero aunque haya largas listas de vacantes, lograr al menos uno de esos trabajos es muy difícil. Sin embargo, cuando me hallaba pensando en qué haría, llegó mi mamá del centro de Bucaramanga con unas bolsas y yo me pregunté qué habría en esas bolsas. Me dirigí a ojear qué había traído ella: ¡Quizás ropa para nosotros pensé! O también puede ser mercado para la comida. Tantas opciones se me pasaron por la mente, pero ninguna acerté porque se trataba de unas bolsas con dulces y galletas de chocolate. Me pregunté para qué tanto dulce, si para traer a la casa sólo uno era suficiente para cada uno. Mamá me dijo que esos dulces eran para que yo los vendiera en la universidad y así poder ganarme lo del sustento diario de los transportes y lo que me pidieran allá. Yo me eché para atrás diciendo que no era fácil y que el tiempo estaba era para estudiar y no para ocuparme de vendedora de dulces. Ella me dijo que de alguna manera entonces debía recuperarle el dinero que gastó en esos malditos dulces.


 

Pasada la tarde, yo estaba más angustiada que antes, pues mi madre le había echado más leña a mis problemas y no sabía qué hacer. Podía decirle que no le iba a pagar nada porque yo no le había pedido tales dulces o hacerme la indiferente. Pero pensé que cualquier ventaja que sacara de ahí podía serme de provecho. Entonces, en aquel momento se me ocurrió una idea: Subir a los buses a vender dulces. Así que escogí los mejores, que eran los famosos caramelos de chocolate “Choco Break” y que los vendería a doscientos y tres por quinientos o siete por mil. Pero después de tanto planear y pensar en voz alta, mamá escuchó y me aplaudió la idea. En ese momento ya todo era una obligación, no tenía salida y entonces me arreglé lo más decente que pude para no parecer una ñera y alisté un canguro el cual amarré a mi cintura, junto con un tarro de dulces. Luego, me fui caminando hacia una caseta hallada antes del ICP y me paré allí para pedirle a los conductores de buses que me dejaran subir. Nunca olvidaré que era un día viernes por la mañana, el cual se me hizo eterno y de por casualidad no tenía que ir a la universidad ese día. No sbía cómo decirles, ese era un reto y a la vez una vergüenza para mí. No sabía si arrepentirme o seguir adelante con el plan. Entonces pasaban y pasaban buses y la gente me miraba como diciendo que cómo andaba yo con un tarro de dulces si no habría de vender. Me dejé llevar por las caras de reclamo de la gente y me lancé a preguntarle a un conductor si me daba la oportunidad d evender los dulces en el bus. Me respondió con desprecio diciéndome que no. Cinco minutos después, llegó otro bus y también le pregunté lo mismo, esta vez corrí con suerte porque sí me dejaron. Me subí y recordé que no había planeado discurso y que por lo tanto diría la verdad: Buenos días amigos, mi intención no es venir a incomodarlos, pero la necesidad me ha llevado a este penoso trabajo. El día de hoy pasaré por sus puestos dándoles a conocer mi material de trabajo con el cual día a día yo sustento los gastos de mis estudios, pues quien no estudia, no logra mucho en la vida. Todos me miraban como si se me notara a leguas la cara de novata en este trabajo. Al terminar mi discurso y haber repartido dulces a todos, todos empezaron a sacar monedas y billetes de mil para comprarme, sólo una mujer malhumorada no me compró. Yo tome todo esto como un halago. Les agradecí mucho y me bajé en la universidad Pontificia. Allí se hallaban otros vendedores ambulantes como yo en aquel momento, acechando buses para vender sus productos y todo era como una competencia para ver quién se ganaba el favor del conductor. La primera en correr suerte fue una chica que llevaba un bebé de brazos y que vendía camándulas a 2000 pesos. La segunda fui yo y dije exactamente lo mismo que antes y también vendí mucho. Un señor me dijo que por qué mis padres me dejaban hacer eso si yo era una chica muy decente y sin embargo, me colaboró y me felicitó por mi mérito, yo quedé agradecida y me bajé de nuevo cuidando mis dulces y mi canguro para que no me ganara la envidia de otros vendedores. Después, me subí en Cañaveral hasta la puerta del sol y vendí más dulces. En aquel momento me llamó mi novio preguntándome dónde estaba, pero al parecer mamá ya le había dicho a él todo y él me llamó la atención diciéndome que por qué tenía que obedecer en todo a ella y que yo ya era demasiado mayor como para hacer todo en cuanto se me dijera. Yo acepté eso y por esa razón, no seguí vendiendo más dulces en los buses. Me encontré con mi novio y él me llevaba un ramo de rosas por tener tanto valor para eso. Sin duda, fue la mejor recompensa de mi vida, o por lo menos, de ese día. Después de una hora, volví a casa y fue tanto el colmo de mi mamá que ni siquiera me saludó, sino que de una me quitó el canguro para ver cuánta plata había traído. Me dijo ¡Me recuperaste toda la plata que invertí! Y ella se quedó con todo el dinero de mis esfuerzos, dinero que merecía yo más que ella. Yo guardé silencio y me encerré en la habitación, pues eran casi cincuenta mil pesos que había ganado y ella no m e dejó ni las ganancias que me correspondían. Pero llegada la tarde me dijo que vendiera lo que faltaba y yo cansada de que se aprovecharan de mí le respondí como nunca lo había hecho: ¡Si quieres recuperar ese dinero, hazlo tú, yo ya no lo haré! Y me fui. Ella quedó paralizada y sin deseos de volverme a pedir semejante cosa.

Fotos sobre el cuerpo











Imitando a Irvint Penn