Pasaba por una situación difícil económicamente, en esas en las que uno se desespera y busca una opción para poder ganar dinero sin darle paso a los malos pensamientos. Mi mamá ya me había dicho que buscara trabajo en la vanguardia, pero aunque haya largas listas de vacantes, lograr al menos uno de esos trabajos es muy difícil. Sin embargo, cuando me hallaba pensando en qué haría, llegó mi mamá del centro de Bucaramanga con unas bolsas y yo me pregunté qué habría en esas bolsas. Me dirigí a ojear qué había traído ella: ¡Quizás ropa para nosotros pensé! O también puede ser mercado para la comida. Tantas opciones se me pasaron por la mente, pero ninguna acerté porque se trataba de unas bolsas con dulces y galletas de chocolate. Me pregunté para qué tanto dulce, si para traer a la casa sólo uno era suficiente para cada uno. Mamá me dijo que esos dulces eran para que yo los vendiera en la universidad y así poder ganarme lo del sustento diario de los transportes y lo que me pidieran allá. Yo me eché para atrás diciendo que no era fácil y que el tiempo estaba era para estudiar y no para ocuparme de vendedora de dulces. Ella me dijo que de alguna manera entonces debía recuperarle el dinero que gastó en esos malditos dulces.
Pasada la tarde, yo estaba más angustiada que antes, pues mi madre le había echado más leña a mis problemas y no sabía qué hacer. Podía decirle que no le iba a pagar nada porque yo no le había pedido tales dulces o hacerme la indiferente. Pero pensé que cualquier ventaja que sacara de ahí podía serme de provecho. Entonces, en aquel momento se me ocurrió una idea: Subir a los buses a vender dulces. Así que escogí los mejores, que eran los famosos caramelos de chocolate “Choco Break” y que los vendería a doscientos y tres por quinientos o siete por mil. Pero después de tanto planear y pensar en voz alta, mamá escuchó y me aplaudió la idea. En ese momento ya todo era una obligación, no tenía salida y entonces me arreglé lo más decente que pude para no parecer una ñera y alisté un canguro el cual amarré a mi cintura, junto con un tarro de dulces. Luego, me fui caminando hacia una caseta hallada antes del ICP y me paré allí para pedirle a los conductores de buses que me dejaran subir. Nunca olvidaré que era un día viernes por la mañana, el cual se me hizo eterno y de por casualidad no tenía que ir a la universidad ese día. No sbía cómo decirles, ese era un reto y a la vez una vergüenza para mí. No sabía si arrepentirme o seguir adelante con el plan. Entonces pasaban y pasaban buses y la gente me miraba como diciendo que cómo andaba yo con un tarro de dulces si no habría de vender. Me dejé llevar por las caras de reclamo de la gente y me lancé a preguntarle a un conductor si me daba la oportunidad d evender los dulces en el bus. Me respondió con desprecio diciéndome que no. Cinco minutos después, llegó otro bus y también le pregunté lo mismo, esta vez corrí con suerte porque sí me dejaron. Me subí y recordé que no había planeado discurso y que por lo tanto diría la verdad: Buenos días amigos, mi intención no es venir a incomodarlos, pero la necesidad me ha llevado a este penoso trabajo. El día de hoy pasaré por sus puestos dándoles a conocer mi material de trabajo con el cual día a día yo sustento los gastos de mis estudios, pues quien no estudia, no logra mucho en la vida. Todos me miraban como si se me notara a leguas la cara de novata en este trabajo. Al terminar mi discurso y haber repartido dulces a todos, todos empezaron a sacar monedas y billetes de mil para comprarme, sólo una mujer malhumorada no me compró. Yo tome todo esto como un halago. Les agradecí mucho y me bajé en la universidad Pontificia. Allí se hallaban otros vendedores ambulantes como yo en aquel momento, acechando buses para vender sus productos y todo era como una competencia para ver quién se ganaba el favor del conductor. La primera en correr suerte fue una chica que llevaba un bebé de brazos y que vendía camándulas a 2000 pesos. La segunda fui yo y dije exactamente lo mismo que antes y también vendí mucho. Un señor me dijo que por qué mis padres me dejaban hacer eso si yo era una chica muy decente y sin embargo, me colaboró y me felicitó por mi mérito, yo quedé agradecida y me bajé de nuevo cuidando mis dulces y mi canguro para que no me ganara la envidia de otros vendedores. Después, me subí en Cañaveral hasta la puerta del sol y vendí más dulces. En aquel momento me llamó mi novio preguntándome dónde estaba, pero al parecer mamá ya le había dicho a él todo y él me llamó la atención diciéndome que por qué tenía que obedecer en todo a ella y que yo ya era demasiado mayor como para hacer todo en cuanto se me dijera. Yo acepté eso y por esa razón, no seguí vendiendo más dulces en los buses. Me encontré con mi novio y él me llevaba un ramo de rosas por tener tanto valor para eso. Sin duda, fue la mejor recompensa de mi vida, o por lo menos, de ese día. Después de una hora, volví a casa y fue tanto el colmo de mi mamá que ni siquiera me saludó, sino que de una me quitó el canguro para ver cuánta plata había traído. Me dijo ¡Me recuperaste toda la plata que invertí! Y ella se quedó con todo el dinero de mis esfuerzos, dinero que merecía yo más que ella. Yo guardé silencio y me encerré en la habitación, pues eran casi cincuenta mil pesos que había ganado y ella no m e dejó ni las ganancias que me correspondían. Pero llegada la tarde me dijo que vendiera lo que faltaba y yo cansada de que se aprovecharan de mí le respondí como nunca lo había hecho: ¡Si quieres recuperar ese dinero, hazlo tú, yo ya no lo haré! Y me fui. Ella quedó paralizada y sin deseos de volverme a pedir semejante cosa.