lunes, 29 de noviembre de 2010

MI DESCRIPCIÓN

                                                                         ¿QUIÉN ES?


Ella es una chica de veintiún años de edad la cual abraza a un lindo peluche de color curuba,   es su peluche favorito el cual siempre tiene una mirada fija, como si pensara siempre en algo. Los ojos de aquella chica son de color café claro, brillan bastante y reflejan la nobleza que se oculta en el fondo de su espíritu. Sus cejas son alargadas y en forma de arco. Sus pestañas son pronunciadas y no menos que cuando era una niña; posee una frente grande, pero esto no le da defectos a su rostro. Sus ojos son grandes, su nariz alargada y grandecita un poco puntuda, sus labios tiene un color rosa muy claro que se desvanece con el frio, de tamaño grande y el labio inferior es más grueso que el superior. Debajo de la boca tiene un par de lunares un poco separados y pequeños. Su cabello es largo y de color castaño, a veces liso y a veces rizado u ondulado, porque gracias a su consistencia, puede lucir cualquier peinado y cualquier estilo. Es una chica con un rostro muy diferente a las demás, pues he visto mujeres con estilos muy copiados y muy parecidos, pero no he logrado ver en otra parte un rostro como el de ella, con esa expresión tan misteriosa.

EXPERIENCIA CON MI AVIÓN

                                  EXPERIENCIA CON UN AVIÓN                                                                  

“¡Es una tontería a esta edad en la que estamos y disque un avioncito con qué objetivo!”. Ésta fue una de las discusiones que escuché en torno a una tarea propuesta por el profesor Wilson Gómez, en la que nos proponía construir un avión en cualquier material y hacerlo volar sin motor. Recuerdo que ese día llegué a mi casa como de costumbre y recosté mi cabeza sobre la almohada para meditar. En aquel instante, recordé que un año antes estuve en una feria ubicada en el sector del Real de Minas y que mi novio había construido un modelo para elaborar más copias de ese avioncito. Era de balso, tenía la estrategia de volarlo con sólo lanzarlo y era divertido, aquellos aviones iban a regalarse a las personas que pasaran por allí a observar la exposición de aviones con motor y aeromodelos. Entonces, ese día recorté balso, armé piezas del avión, luego las junté hasta terminar los aviones.

No recordaba que tenía ese avión, pero con aquella tarea, llegó aquel recuerdo a mi memoria.  Me dirigí a mi caja personal y encontré el avioncito sin pintar. Quizás estaba destinado para esa tarea, no sé. Así que con mucha dedicación lo tomé en mis manos y lo pinté de los colores que a mí más me gustan: El blanco y el Azul. Lo pinté de una forma descomplicada y lo dejé secar para el día en que debía llevarlo. Nunca pensé que aquella mañana nos dirigiésemos a esa cancha, menos que estuviera tan llena de pantanos. No importó, me mojé los pies y me fui a ver los resultados de mi avión. El profesor parecía un niño tomando fotos con los aviones y yo me sentía extraña, como una niña de preescolar, luego dijo que lanzáramos el avión. Unos estaban construidos de papel, otros con pitillos y telas y el mío de madera. Los de papel volaban muy bien, el mío no llegó tan lejos pero me sentía satisfecha, pues con un par de arreglos volaría mejor. Aveces no sé qué pensar de aquella actividad, pero la asimilé al destino de cada persona, a la fuerza con que lances el avión de tu vida hacia una meta. Yo lo lancé con alegría y mi avión lo sentía como una criatura especial. Aquella experiencia siempre me va a parecer extraña y aun más con la edad que poseía, sólo sé que deduje mi propia perspectiva de la vida desde aquel avión.


                                                                                                    
MI HISTORIA ESCOLAR 



Aquel día sentí cierto pánico a conocer nuevos mundos, a ver tantos niños de la edad mía, a conocer cómo sería la profesora, pues mis padres solían decir que las maestras eran regañonas y malgeniadas. En aquella foto tenía una sonrisa inocente, tenía sólo cinco años de edad, portaba una lonchera que era muy común en aquellos tiempos y el delantal tan exigido en la escuela. Mi primera escuela fue en una institución privada que se ubicaba en el barrio donde yo residía Colegio Integrado “El progreso”. Aquel día iba más que preparada a realizar sumas o restas, o a leer  y a escribir algunas palabras que me enseñaron mis padres desde los cuatro años de edad. Recuerdo que estudiaba en el horario de la mañana y tarde en pre-escolar, un horario muy tenso el cual me dejaba rendida, pues un infante a esa edad no debería estar expuesto a largas horas de estudio. Además, solían ser famosas aquellas canciones de las rondas de las vocales, planas repetitivas con palabras como mamá, papá, nené, entre otras.
En pre-escolar conocí lo que eran las orejas de burro cuando uno se comportaba mal, cuando no realizaba las actividades tal y como lo ordenaba la maestra, aunque nunca las llegué a tener puestas, me sentía ridícula cuando observaba a otro niño que sí las tuviera. También conocí el famoso castigo de permanecer una hora con las manos arriba en delante del tablero y portando dos pesados libros. También suelo recordar que ahí aprendí lo que es el amor inocente entre dos infantes, pues un niño me regalaba cartas y flores con su horrorosa letra, pero a mí me hacía muy feliz saber que un niño me alagara tanto. Me fue muy bien en aquel año que cursé antes de mi básica primaria a la edad de cinco años en el año 1994 en la población de Piedecuesta (Santander).


En aquella época supe adaptarme ya a la escuela, era más hiperactiva e incluso, una vez me castigaron, pero debido a mi buen comportamiento no tuve que pasar por la vergüenza de estar delante de todos. Recuerdo que por ser tan juiciosa, algunas compañeras de estudio me hacían la vida imposible y yo me defendía bien. Me llevaba muy bien con los niños, porque ellos no eran tan odiosos como las niñas y siempre participaba en danzas y presentaciones especiales de la escuela cuando se conmemoraba alguna fecha. Era el tiempo en que me gustaban las muñecas, jugar a la “lleva congelada”, al escondite, a la tángara y a contar historias de espantos que aun me suelen gustar.

Las notas que obtenía pasaban de cuatro, pues mis padres me castigaban cuando no obtenía buenas notas, el área que más me gustaba era biología y español, la que más odiaba era sociales, porque me estresaba tener que estudiar el sistema solar, la historia patria y todo eso. Aveces, aun me quedo dormida leyendo la historia patria, pienso que no nací para estudiar la historia. En cambio, en casa mis padres me regalaban libros de la historia de los aztecas, los mayas, los egipcios, los griegos y la historia de Roma, donde empecé a sentir atracción hacia esas culturas. También me regalaban los cuentos de Charles Perrault y de los hermanos Grimm con dibujos animados, desde ahí empecé la etapa de la atracción hacia la lectura.
Cuando llegué a la edad de ocho años, cursaba tercer grado, me cambié de institución educativa a la escuela “Francisco de Paula Santander”       , ahí conocí la diferencia entre la escuela pública y privada, pues observaba más desorden en mi nueva escuela. Pero no fue difícil, en poco tiempo tenía muchos amiguitos con los cuales conviví hasta quinto primaria, recuerdo que ya era una sola jornada, y escogí la de la mañana. No utilicé cartillas, sino fotocopias que nos proporcionaba la maestra de distintos textos, en español no salí de los dictados, donde la profesora evaluaba letra bonita, ortografía y comprensión de lectura en algunos casos. En todos los años obtuve mención de honor y por ende, mis padres no tuvieron que cancelar costos de matrícula, pues se escogía un solo alumno de cada grado para otorgarle mención de honor. También en tercer grado conocí la maldad de los niños y niñas, pues entre ellos se “hurtaban” sus útiles escolares y por tal razón, yo era muy cuidadosa. En aquel año aprendí a dividir entre tres cifras, a conocer los números y sus clasificaciones, a realizar operaciones con conjuntos, a realizar operaciones con fraccionarios y otras tareas. En español vi mucha comprensión de lectura y utilizaba un libro llamado “Habilidades Comunicativas Tres” el cual nunca he olvidado, pues ahí contenía todo lo que más me gustaba a mí: El cuento, la leyenda, los mitos y algunos poemas. En sociales, vi historia de Piedecuesta e historia patria, me hacía feliz estudiar historia de Piedecuesta, su cultura y sus antepasados. En Biología, estudié los distintos reinos de la naturaleza, los ciclos de la naturaleza, las clases de contaminación, el cuerpo humano, algo de botánica y ecología.
En cuarto grado, trabajé la asignatura de castellano con el libro “Madrigal cuatro”, donde la mayor temática trataba de estructura de la oración, sustantivos, adjetivos, adverbios y  las categorías gramaticales y mucha comprensión de lectura. Cuando no realizaba la tarea por alguna razón, la maestra enviaba notas donde daba quejas a mis padres por no haber hecho mi tarea y recibía castigos. Ese fue uno de los años en que mi profesora se convirtió en una figura de terror para mí e incluso llegué a odiarla, fue la primera vez que sentí ese sentimiento hacia un maestro.
En quinto grado tuve una profesora de la tercera edad, pero yo era su niña mimada, ya que le colaboraba mucho en las actividades, e incluso, me nombró su representante en el grupo. No recuerdo qué libro utilicé exactamente, pero era un libro muy aburrido, no tenía sentido porque cada vez que lo abría, miraba el castellano como un asunto aburrido. En las matemáticas, me iba muy bien y una ocasión mi profesor se dio cuenta que mi madre me había ayudado en la tarea y me llamó la atención; por tal razón, le pedí a mi mamá que no me volviese a ayudar en las tareas y ella lo observó como una señal de maduración. Era difícil ahora, pensar en qué institución iba a cursar la secundaria, después de tanto meditarlo decidí optar por el colegio “Centro Femenino de Comercio”, más que por intuición mía, lo hice porque mis padres interfirieron mucho convenciéndome de estudiar allí y casualmente cuando quise matricularme en el “Carlos Vicente Rey”, ya no habían cupos. Entonces, mi entrada a cualquier colegio, la determinaba el puntaje de un examen que me realizaban y si pasaba, podía estudiar allí. Recuerdo que me sentí muy insegura en la prueba de matemáticas, sentía pánico mirando nuevas caras, pero eso era sólo el principio, me fue muy bien en el examen y además recibí en quinto grado mención de honor.
A la edad de once años, ingresé al Centro Femenino de Comercio, un colegio ubicado en la población de Piedecuesta donde estudiaban sólo niñas, poseía un régimen estricto como si se tratara de una cárcel, por cualquier tontería se firmaba el observador y me obligaba a quedarme quieta en el puesto si no quería que me castigaran. Conocí a mis primeros profesores de sexo masculino, pues nunca en la historia de mi primaria había tenido clases con un maestro. En sexto me fue muy mal en las matemáticas, veía puro razonamiento lógico con las famosas conjunciones, disyunciones, negaciones, etc. Además muchas ecuaciones extrañas. En castellano mi maestra era fanática a las obras de teatro y por ende, participé en muchas obras de teatro y mis maestros se interesaron por mi talento por ese género, hasta undécimo grado participé de ese tipo de actividades. También era frecuente la comprensión de lectura y los mitos se convirtieron en mi dolor de cabeza, pues aparte de leer tantos, tenía que inventar mitos y a veces no me resultaban muy bien. En séptimo grado, tuve un maestro de español llamado Luis Enrique, quien tenía un carácter fuerte y me fue mal en las lecturas que él ponía como por ejemplo “Pinabete” o “El Diablo de la Botella” , pero debo reconocer que en aquel tiempo no me gustaba la lectura o quizás ese tipo de textos no eran compatibles con mis preferidos. Recuerdo que aquel profesor me dijo: “Te voy a dar una última oportunidad para pasar esos exámenes” y yo tuve que leerlos como cuando a alguien se le aplica una inyección de las más dolorosas que hay, finalmente, logré pasar los exámenes. Lo más paradójico para mí, fue que en grado octavo tuve que volver a ver con ese mismo profesor la asignatura de castellano  donde me dijo que me cobraría lo que no fui capaz de hacer el año pasado. Así fue, para obtener una nota pasable, debía acertar en el ochenta por ciento de las preguntas, me exigió en comprensión de lectura donde manejamos un libro llamado “Hacia una competencia lectoescritora, módulo uno” y aquel libro me sirvió mucho, pero era muy costoso y más tarde supe que aquel libro era un negocio que tenían entre el colegio y el autor del texto, porque todos los demás años me exigieron la compra de ese libro o si no, no podía entrar a clase. En octavo grado vi el verbo en todos sus tiempos, análisis de poemas, todo fue poesía por todos los rincones donde observaba, y fue ahí donde conocí un libro que el maestro nos pidió y aun lo conservo porque me pareció maravillosa aquella antología de poemas, sobre todo, los de José Asunción Silva. Me gustaba uno que se llama “Nocturno” porque era muy nostálgico, se ve un amor puro y esa falta del ser amado, me encantaba ese libro porque en cada poema traía una imagen de lo que era, y quizás eso me atrapó mucho más hacia él. Vimos también la literatura que escribieron algunos héroes de la patria como simón Bolívar con su famosa Proclama.

Fue en noveno que conocí a un nuevo profesor llamado Rafael Sierra, era de buen humor, pero exigía demasiado. Con él aprendí a interpretar un texto lo más que pudiese, a debatir sobre una lectura y a leer las primeras novelas entre las que se destacan “El Túnel” de Ernesto Sábato y “Pedro Páramo” de Juan Rulfo, dos textos que me atraparon y no me canso de leerlos. A ese profesor le debo el haber elegido mi carrera como licenciada en Literatura. Con él mismo vi en décimo grado, donde leí por primera vez “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha”, el estresante “Cantar del Mio Cid y el Lazarillo de Tormes, todas esas novelas de la edad media más o menos. Luego, en undécimo grado leí “Crimen y Castigo” de Dostoievski, El Otoño del Patriarca de García Márquez y la Odisea de Homero.

También era sobresaliente en escribir poemas inventados por mí misma, cuentos y leyendas que recopilaba de ciertas personas. Me gradué en el año 2005 y duré dos años trabajando para poder estudiar y un maravilloso día recibí la noticia de que había pasado en la UIS.
Con el profesor Puno Ardila en mi primer semestre de la carrera y con quien vi el área de Taller de Lenguaje, empecé a exigirme a mí misma, así que leí El Cristo de Espaldas, Cien años de Soledad, El Coronel no tiene quién le escriba y Las Mil y una Noches. Me fue muy bien en aquel semestre, además de leer libros de pedagogos como María Montessori, Comenio y Freinet. En segundo semestre no leí  mucho, leía ensayos de diferentes autores sobre el tema de nuestra sociedad y otros apartados, ya que fue un semestre donde pensé retirarme de la universidad debido a falta de dinero, sin embargo, logré sobrevivir y mantenerme allá. En tercer semestre leí Crónica de una muerte anunciada, Los cuentos Peregrinos de Gabriel García Márquez, María de Jorge Isaacs, y un ensayo sobre los héroes griegos de Alfonso reyes. Además leí algunos poemas de Bécquer y Garcilaso de la Vega.
En cuarto semestre, leí el ensayo sobre La Resistencia de Ernesto Sábato, El valor de Educar de Fernando Savater, Sobre héroes y Tumbas de Sábato, La ciudad y los Perros de Mario Vargas Llosa y Fuenteovejuna de Lope de vega. Cada vez,  me ejercitaba en la lectura y empecé a escribir mis primeros intentos de novelas y aunque no me resultaban seguía insistiendo en lograrlo. En quinto semestre leí El Mundo de Sofía donde me interesó mucho la historia de la filosofía, La mala hora, La hojarasca  y del amor y otros Demonios de García Márquez. Aquel semestre vi poesía con el profesor Leonardo Álvarez, uno de los profesores que nunca iré a olvidar por el romanticismo y el amor que tenía hacia la poesía, pues su mismo rostro reflejaba ternura. En sexto semestre, leí La casa Grande de Álvaro Cepeda Samudio, El Amor en los tiempos del Cólera de García Márquez que fue una novela que no logro olvidar, pues me parece un amor extraño y confuso que al parecer se había acabado, pero se alimentaba aun más con la ausencia y una variedad de cuentos de distintos autores, casi toda una Antología, por ello, me gustan mucho los cuentos. Fue en sexto semestre donde adquirí más fuerza para leer y profundizar más sobre lo que leía, buscar críticas sobre lo que leía y entender mejor las lecturas para poder debatir sobre ellas y hacer críticas.
En séptimo semestre empecé a leer los cuentos de Cortázar, El tomo II, El Quijote lo leí más cómodamente, empecé a leer La Celestina y Doña Flor y sus dos maridos. En lo que llevo, pienso que la lectura nace de uno mismo y que en otros tiempos, la educación a pesar de ser tan rígida, los verdaderos lectores y escritores nacen, no se hacen tan fácil. En estos tres años, mi carrera como literata me ha cambiado la vida poco a poco y vivo de los grandes sueños que tengo, uno de ellos, ser una escritora recordada.