Era un atardecer de esos en los cuales hace mucho frío. Estaba dispuesta a ir a casa a descansar después de un agitado día de estudio, de pronto, una compañera de clases me llamó al celular y dijo que tendríamos que hacer la entrevista al escritor que teníamos como tarea para la clase del profesor Wilson Gómez, pues el escritor venía justo a Bucaramanga desde la universidad de los Andes y debíamos aprovechar esa oportunidad. Me senté resignada a esperar que mi compañera llegara con el escritor de quien sólo había escuchado decir que se llamaba Jesús Álvarez y había estudiado en la Universidad Industrial de Santander, la misma universidad donde yo estaba estudiando ahora. Entonces, decidí seguir esperando cerca de media hora cuando de pronto llegó ella junto a un hombre de unos treinta años que portaba anteojos, de inmediato recordé su rostro cuando lo vi por primera vez cuando ingresé a la universidad. Lo saludé y él me respondió igualmente. Los profesores querían invitarlo a tomar algo para hablar un poco. Mi compañera y yo tuvimos que esperar más tiempo como si fuera poco, pues al parecer los profesores querían mucho a nuestro escritor y tenían muchas cosas por hablar. Todo fuera por una buena entrevista. Pasó como una hora y aquel personaje por fin llegó.
Después de unos minutos, alistamos la cámara, la hoja donde se hallaban escritas las preguntas que haríamos y buscamos un lugar iluminado para realizar la entrevista. El lugar más iluminado desafortunadamente era la sala Multimedia, una sala tan fría que no la soportaba ni por una buena nota en Didáctica. Todo el tiempo temblaba de frio mientras soportaba las sonrientes caras de mi compañera y el escritor y para colmo, yo tuve que hacerle las preguntas. Los músculos de mi cara estaban paralizados de frio, pero aun así intenté hacer mi mayor esfuerzo. Empecé con la primera pregunta ¿Qué hay de su presencia como escritor en su trabajo docente? Él respondió que había una reflexión sobre el acto de escribir, pues un profesor debía ser consciente de cómo debe ser una escritura no sólo desde los referentes teóricos, sino también a partir de su misma experiencia; luego, añadió que el docente que se dedica también a la labor de escritor debe ser consciente que su experiencia también debe influir en su labor de enseñanza. Luego, hice la siguiente pregunta: ¿Cómo define usted su obra literaria? Él se quedó pensando y dijo que era una pregunta difícil y sonreía mientras yo sólo esperaba que el ruido que había allí afuera y de los chicos que entraban a la sala lograra cesar y que el frio pasara un poco, algo imposible en aquel lugar. Al cabo de unos segundos él respondió a mi pregunta diciendo que la respuesta a eso la debía más bien tener otra persona que leyera su obra y que en su opinión definiría su obra como una recreación de las experiencias humanas. Lo típico, pensé yo, pues eso pensaría todo escritor de su obra literaria. La tercera pregunta la realicé con un poco de prisa debido al ruido de unos chicos que entraban a la sala y que se morían de la risa y yo calmé mis deseos de exigirles respeto a nuestro trabajo, pero eso quizás me quedaba mal delante del escritor invitado. Le pregunté que con cuál de los cuentos que él había escrito se identificaba a sí mismo, él respondió que con un cuento que es retrato de la violencia colombiana sobre la desaparición de un padre y cuenta la historia del mismo tono de violencia que se da en un pueblo sin caer en una denuncia política o algo similar, sino en la recreación de la soledad de aquella persona de la cual nunca ha entendido por qué su desaparición. A mí me pareció espeluznante y de hecho antes yo había pensado escribir también sobre la terrible violencia de los años cuarenta y cincuenta según lo que mi padre me narraba sobre esos tiempos tan fríos y violentos. Luego, le pregunté por qué se identificaba con aquel cuento y él contestó que era un tema que siempre le había llamado la atención y ni siquiera él mismo hallaba una respuesta a eso, sin embargo, era el tópico que él manejaba constantemente a la hora de escribir y asimismo, sentía que de esa manera reflejaba mejor lo que quería decir. Por mi parte pensé que en un país como éste ni siquiera en la literatura uno podía escribir lo que quería decir, pues siempre un escritor está al acecho de los inescrupulosos. Luego nos comentó en qué consistía el famoso taller Umpalá, algo de lo que realmente me sabía a chino porque nunca había escuchado hablar de eso. Nos dijo que dicho taller fue una iniciativa del profesor Hernando Motato (profesor de la escuela de Idiomas), quien hace muchos años decidió abrir un espacio en el que se reflexionara la literatura no desde referentes teóricos, sino a partir de componentes estéticos y de la misma creación, Jesús Álvarez lo vio entonces como una manera de ver la literatura sin mezclarse del todo solo en la parte académica, algo que a mí me pareció muy convincente, pero que por tratarse del profesor al que más le tengo resentimiento no le di vueltas al asunto. El hecho de oír el nombre de ese profesor y de que sí hubiese ayudado a otros alumnos, me revolvía el estómago. Después de sus halagos al taller del profesor Motato, le pregunté que si tenía proyectado escribir más adelante una novela o un cuento, a lo que él añadió que tenía una novela a medio camino que se llamaría Los olvidados y también un libro de cuentos que está a casi un sesenta por ciento terminado y se titularía Este mundo cansado y sombrío, un título del cual pensé que sería muy creativo e interesante, pero algo que siempre observé es que el tono del escritor tan fluido no permitía casi dejar ver la pasión que él sentía por su labor y no supe qué deducir de todo esto, si era yo la que pensaba mal o quizás su oficio de escritor era por accidente y no estaba en sus expectativas. En ocasiones sus respuestas eran muy motivadoras, pero cuando todo iba bien veía algo en él como si no se sintiera orgulloso de su talento o sabía disimularlo muy bien. Le pregunté qué lo motivaba a escribir esas obras y respondió con algo distinto contando que su próxima obra trataría de un pueblo de Colombia que no era muy conocido y que sufrió masacres de parte de las FARC y los paramilitares por malentendidos; exactamente eso era lo que papá me contaba de niña sobre su pasado, las veces que le tocó huir por la fuerte violencia. Al final, nuestro personaje dijo que su motivo era el de dar a conocer la historia de aquel pueblo a través de la recreación literaria por tratarse de un lugar casi invisible. Mientras yo pensaba en aquellas respuestas y lo tomaba para mis expectativas, también soportaba el frio de la sala y al parecer era la única porque los demás estaban muy tranquilos como si nada pasara. Chucho, el nombre que le puse mentalmente al escritor, dijo que las imágenes más reiteradas de su obra era esa ansiedad de una persona por nutrirse de las demás, algo que yo interpreté como el provecho que sacan las personas de otras o mejor, el placer de otras personas por hacer daño. Y es hasta ahora lo que yo pienso de esa respuesta un poco nueva para mí en el sentido semántico. Además, también cabe destacar que él como escritor y profesor de la Universidad de los Andes, pensaba que en las universidades privadas o al menos en aquella, se veía la perspectiva ética en el plano educativo y que todo se basaba en unos referentes de carácter reflexivo que no todas las veces se reflejaba en la práctica, pero que ese el objetivo de la universidad, centrarse en una ética profesional. La verdad es que en cuanto a su docencia y el hecho de ser docente en una universidad tan prestigiosa, le daba brillo en los ojos a Chucho, pues lograr estas metas siendo tan joven era para que cualquiera se sintiera satisfecho y se sentía más la pasión cuando hablaba de su trabajo de docencia que cuando hablaba de su labor como escritor. También sentimos la curiosidad de preguntarle con cuál de sus personajes él se identificaba o al menos los había creado a través de experiencias personales y él nos compartió esa respuesta diciendo que cuando todo escritor estaba en su labor tenía en cuenta muchísimos elementos personales y que no directamente iba a estar él en su obra, pero sí podía configurarse como un espectador y que no sólo había experiencias suyas, sino también de otras personas allegadas a él.
Después de un largo instante de preguntas y respuestas muy fluidas e interesantes, terminé la entrevista con la última pregunta: A partir de su experiencia como escritor ¿Qué consejos daría a los futuros estudiantes de la UIS? A lo que él atentamente respondió que escribir y leer mucho, pues es a través de la lectura como se llega a la escritura y que el escritor siempre tenía la oportunidad de contar lo que veía o pensaba a través de la voz de sus personajes. Lo más curioso de toda la entrevista fue cuando él nos dijo que un escritor no sabía qué tan buena había sido su obra sólo hasta cuando viera qué tanta satisfacción y emoción había causado su escrito en los lectores y de esta manera se podía decir que el autor había logrado su propósito. Desde mi plano, en mis escritos aun sin concluir pensé exactamente lo mismo un día y encontré en aquel escritor joven una respuesta en la que parecía no querer compartir mucho su secreto y que sin embargo sí encontré en otro escritor poco tiempo después.
Al terminar la entrevista, nuestro personaje, Jesús Álvarez, sólo pensaba en ir a reunirse con unos profesores que hace tiempo no veía y compartir una buena conversación, tanto que casi no alcanzamos a despedirnos de él. La verdad es que yo hubiese querido entrevistar a un escritor que sí nos compartiera ese secreto de su escritura o que al menos nos diera una voz de aliento para seguir escribiendo, pero quizás él aun no estaba en posición de dar recomendaciones para lograr este objetivo, pero en aquel momento sentí que la vida me daría muchas más oportunidades para entrevistar a más escritores y por qué no, oír de ellos una clave para lograr mi objetivo que iba más allá que el cumplimiento de una simple actividad exigida por el profesor Wilson.

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