jueves, 18 de agosto de 2011

Infierno en el hospital


Eran las diez de la mañana cuando me encontraba en el triste y amargo pasillo del hospital de Piedecuesta, después de una grave intoxicación que consumía mi cuerpo por haber comido una hamburguesa en mal estado. Me dolía el vientre como si un ejército batallara en mi cuerpo tratando de defender su espacio, pero mis lamentos eran inútiles. Ya solo quedaba esperar a que me llamaran a turno. Mientras tanto, llegaban heridos de la cárcel de menores, entre ellos, un joven que recibió una puñalada en su rodilla y el aspecto de ésta parecía protestar en señal de peligro. El joven se quejaba una y otra vez, en esas llega una enfermera y le aplica una inyección para calmar el dolor, pero el chico sigue lamentándose por temor a perder su pierna. Desde afuera se oyen a las malvadas enfermeras gritando a los pacientes como si para recibir asistencia médica tocara besarles los pies a ellas, se sentían diosas y heroínas del lugar. Cuando llegan las doce del mediodía me llaman una y otra vez ¡Yuri! ¡Yuri! Y entonces me dirijo en compañía de mi mamá que en ese momento más que sentir lástima por el dolor de vientre que me consumía, se preocupa por los pesos que tendrá que sacar de su bolsillo para pagar la consulta. Entro yo sola, ella dice que irá a conseguir dinero y me culpa por la intoxicación pensando quizás que yo planeé comerme una hamburguesa dañada para generarle gastos, una y otra vez me hace sentir responsable y ante su idea no hay nada qué hacer. Entonces, entro a enfermería y una maldita enfermera me tira del brazo y me lleva hacia una horrible y fría camilla. Luego me dice: ¿Y usted qué se tragó para estar así? ¿Perdón? Respondí yo. No se haga la loca, me dijo, o es que quiere que le hable como a una bebé. A mí no me pagan unos miserables pesos para venir aquí a agradarle a la gente, sino a atender pacientes, me dijo. Yo no le respondía nada. Después me dijo que si no quería hablar, que entonces tendría que aguantarme lo que viniera. En esas llamó a otra enfermera y le ordenó traer unas bolsas para hacerme un lavado estomacal y empezó a insertar por mi nariz una horrible sonda que dificultó mi respiración todo el tiempo y de la cual aún siento su presencia. Todo lo hacía de muy mala manera, seguía insertándome por la sonda el líquido que supuestamente limpiaría mi estómago y seguía, todo de una forma muy brusca no sé por qué. En aquel momento no soporté más aquel líquido tan ácido en mi estómago que ya tocaba mi paladar y vomité por cerca de cinco minutos. Ella apenas sonreía maliciosamente con su estúpida cara. Después, me mando a acostar a una camilla cuya sábana olía muy mal y yo que solo quería poner fin a esa pesadilla, me recosté en ella, olvidando todo el pesado ambiente del hospital. Llegaron las dos, las tres, las cuatro, las cinco y las seis de la tarde. Aquella sonda hacía más largo cada segundo de mi vida, todo se hacía eterno y yo apenas sentía deseos de coger a esas enfermeras odiosas y mostrarles lo que se siente tener esa sonda toda una tarde. Llegó de nuevo mi mamá, diciendo que la próxima vez me fijara dónde compraba las cosas y traía dinero para pagar la consulta médica más pésima que podría tener una persona. Era como estar en el infierno, donde el diablo era la enfermera jefe, una tal Rosario y la mano derecha, mi mamá que me juzgaba todo el tiempo. Me enojé y le dije ¡Ya párele quiere! Si tanto le molesto, entonces váyase y le digo a mi novio que me ayude con el pago de la consulta y se acaba el problema. Ella se sintió triste y aplacó su ira pidiéndome disculpas. 




Llegaron las ocho de la noche y yo le rogaba a la enfermera que había llegado de turno que me quitara la sonda y la muy malvada me decía que ya lo haría y así me tuvo hasta las once de la noche. Llena de espanto, rabia e impotencia, cogí yo misma la sonda y la tiré hacia fuera. Entonces, llegaron las auxiliares a regañarme y yo las amenacé con demandarlas por tan vil humillación que había sufrido en ese hospital. Ellas pidieron disculpas diciéndome que tenían más pacientes y que me darían un mejor trato. Así que me acosté de nuevo en la camilla estando más calmada dispuesta a descansar, pues el doctor dio la orden de dejarme otro día internada. Más que la gravedad de mi mal, lo que pretendían era acrecentar el gasto y hacer poner más furiosa a mi mamá.

En eso de las dos de la mañana, una abuelita que estaba en una camilla y que tenían como una reina, empezó a gritar porque la iban a bañar. Decía a todo grito ¡Auxilio, me quieren matar! Mientras tanto, todos miraban el espectáculo, yo pensaba que esa anciana decrépita sí era tratada como una reina a pesar de sus niñerías y malas mañas. No podía creer que mientras yo me portaba a la altura me trataran como a un perro callejero y a esa mujer ridícula la trataran como a una bebé. Eso no fue todo, porque después de que las enfermeras y los hijos de la anciana la terminaron de bañar y la cambiaron, le trajeron un rico desayuno mejor que el consomé tan desabrido que me trajeron a mi. En esas la anciana sacó la mano y mandó aquel apetecido desayuno al suelo, causando regueros y más suciedad de la que había. Por mi parte, yo sentía ganas de darle unas palmadas bien buenas a aquella vieja tan cansona y mal criada. Ese día estuve hasta las diez de la mañana porque me remitieron luego al hospital de Floridablanca después de tanto martirio con agujas en mis venas e inyecciones dolorosas. Pero nada comparado con el mal trato que me dieron en ese horrible hospital. Encima de todo para rematar el bolsillo de mi familia, inútilmente querían mandarme en una ambulancia y yo que pensaba que las ambulancias eran para las personas que se hallaban muy graves de salud, todo era una tontería, así que dije que mejor me iría en taxi y me dieron una orden para remitirme al hospital de Florida porque según el médico yo seguía muy mal de salud, lo cual nunca hice porque me escapé a casa y hasta ahora ha pasado año medio y no me he muerto, bueno, eso creo.

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