Me hallaba en un congreso de Literatura Colombiana en la sede de la Uis de Bucarica, uno de aquellos donde parece haber mucha congestión, pero no es así. Entraban muchas personas de Colombia y de todas partes del mundo. Entonces, llegan mis compañeros de Logística, encargados de entregar material como revistas sobre estudios literarios, certificados de asistencia, lapiceros, un CD para cada persona y otros elementos, todos ellos dentro de una curiosa tula que portaba el nombre de la Uis. Era un momento en el que debatíamos sobre quien estaba atractivo, a quién le sobraba y a quién le faltaba. Clasificábamos a los más “Papis” como solemos llamarlos y entre ellos habían españoles, Colombianos y Norteamericanos. De pronto, vi a un escritor sentarse en el llamado patio español, un patio realmente atractivo que respondía a mis ideales y que al parecer, lo era para todo aquel que llegaba allí. Era un hombre como de unos 65 años pensé en ese momento, pero el día anterior ya lo había visto en una conferencia como moderador, pero eso no importaba en ese momento. Bastaba con saber que aquel señor tan serio en su aspecto, se sentó a contemplar un libro que había comprado un pasillo antes y su mirada brillaba como si se tratase de un tesoro apreciado. Lo guardó en su tula blanca con letras verdes y yo, sentada a unos cuantos metros lo observaba. No sabía si acercarme a hablarle, pues suelo ser muy tímida y estando frente a un escritor tan recorrido en su profesión y tan destacado en sus obras, no sabría si moriría en el intento de conversar con él, o si de verdad lograría el objetivo de conocerlo un poco y de que él también me diera esa oportunidad. Hacía maromas con mis manos en señal de indecisión y nerviosismo, nunca antes había hablado con un escritor de su talla y la verdad me daba pánico embarrarla en algún instante, en alguna palabra, en alguna controversia con él. Pero en un arranque de decisión me paré firme, relajé mis manos y me dirigí hacia él. Me pasaba algo parecido al chapulín colorado cuando teme algo: Sí voy… Sí voy… y mi propio yo me dijo: Pero ya. Me acerqué a él y me auto invité a sentar. Me presenté, diciéndole ¡Buenos días, mi nombre es Yuri y pertenezco al grupo de estudiantes de logística en la organización de este congreso! Sentí que debía decirle algo así para demostrarle que yo también tenía importancia allí. Él me miró y me dijo ¡Mucho gusto Yuri, mi nombre es Álvaro Pineda Botero! Y enseguida me preguntó ¿Ha oído hablar de mí? Yo le respondí lo que debía decirle: De hecho lo hallé en una página de Internet donde se destacan los escritores más destacados en Colombia e intenté hacerle una entrevista, pero nunca olvidaré que usted se mostró muy interesado en cumplir aquella petición mía y no sabe cuánto se lo agradezco. Pero me basta con que ahora lo tengo de frente y tengo el placer de conocerlo. Él se sonrojó. Pero sus canas, su forma de hablar y su tono me mostraban a un hombre muy sabio que no le gustaba andar como otros escritores vanagloriándose de lo que hacen. Sus gestos eran los de un hombre prudente. Me dijo qué había ocurrido con la entrevista que le iba a hacer, le mentí diciéndole que el profesor había decidido dejarla para después. Luego me dijo ¿cuál es el asunto? Me sentí como si me dijera: entonces para qué viniste a hablarme. Pero no era así. Empezó a preguntarme sobre mi carrera profesional, los autores que más me gustaba leer y los que no. Le dije que me gustaba la Literatura Española, sobre todo, desde la novela Picaresca hasta la literatura del siglo XIX. Le sorprendió que me gustara ese tipo de novelas, pues como me dijo, los maestros de la literatura de hoy se han olvidado de aquellas obras y me preguntó también si escribía. Le dije que escribía cuentos desde niña y tenía cuadernos con solo cuentos, pero cada vez que los veía me daban risa. Él también sonrió. Le dije que desde hace dos años escribía cuentos con personajes diversos, combinaba muchos personajes de la vida real para crear tan solo uno de mis personajes literarios. Le comenté que llevo casi un año tratando de escribir una novela y que quería que fuera extensa, por ahí de unas 300 páginas o algo más. A él le pareció interesante. Me dijo que podía tratar de rescatar la novela picaresca y al parecer, pudo ver en mis ojos que ese era mi fuerte. A mí también me gusta la picaresca, me dijo. Novelas como el Lazarillo de Tormes o el Buscón son grandes éxitos, son creaciones de grandes genios.
Hasta ahora, todo iba muy bien. Me preguntó sobre mi niñez, sobre mis profesores, sobre las materias que veía y yo le respondía atentamente. Incluso le confesé que a los 17 años, antes de entrar a estudiar Literatura, había cursado un semestre de enfermería en una escuela y me decepcioné, pues me daba mucho miedo la sangre y allí comprendí lo frágil que es la vida humana y lo poco que vale el hombre ante la muerte. Él se quedó sorprendido y me dijo ¡Eres muy sabia para ser tan chica! Yo lo tomé como un alago. Luego le dije, que yo había hablado de mí y que él no había narrado nada de él. Me dijo que entonces le preguntara lo que quisiera. Yo le pregunté ¿Cuál es su escritor favorito? Él me respondió que Cervantes y sin preguntarle que por lo contrario, cuál era el autor que no le llamaba la atención, me dijo ¡No me gusta García Márquez! El escrito creía que García Márquez se centraba en un mismo estilo y que a él no le gustaba un escritor con la misma rutina y los trazos tan similares. También yo comparto su opinión, le dije. Tenemos muchas cosas en común, maestro. Él volvió a sonreír. Todo iba tan ameno, cuando una señora encopetada se acercó y lo saludó de beso. Empezó a hablar de sus investigaciones literarias como si se echara flores, mientras que el maestro trataba de despedirse de ella y seguir la conversación conmigo. Me sentía celosa, pues no me gustan las interrupciones. Por fin aquella señora se despidió y se fue, y eso porque la llamaron por celular para un encuentro. Retomamos la conversación y le dije que era la segunda vez que veía Literatura Española porque un profesor inescrupuloso al que nunca le voy a perdonar haber rebajado mi gran esfuerzo a nada, me dejó en la materia y que ahora la estaba repitiendo con Ana Cecilia Ojeda. Él me dijo que ella era toda una dama y muy querida y que a la vez, era muy exigente, pues así como era tan querida, era también muy estricta y ética con su profesión. Yo había deducido antes eso, desde el primer momento que la vi allá en la Escuela -pensé- vi en sus ojos con quién me iría a encontrar más tarde. Mientras yo recordaba eso, llegó otra entrometida señora a interrumpirnos. Ella sí se sentó de una vez y parecía no acabar nunca. Él me presentó con ella, le habló muy bien de mí. Yo seguía esperando hasta que me cansé y les pedí un permiso, pues pensé que mientras perdía tiempo escuchando a aquella señora que parecía no querer compartir su conversación conmigo, allí en la Portería me necesitaban. Me retiré y me senté.
Pasaron como diez minutos y yo estaba buscando los papeles de un señor de esos que solo vienen a hacer sus ponencias y se van a su país o ciudad de origen. Le entregué sus papeles en la tula junto con las revistas y escuché la voz de un hombre que me llamaba ¡Yuri! ¡Yuri! Yo me levanté a mirar quién me llamaba, pues había gente tapando el panorama y vi que era el escritor con el que hace unos instantes hablaba tan entretenidamente. Me dijo, que lo acompañara afuera que necesitaba decirme algo. Salí entonces detrás de él sin saber cuáles serían sus palabras, de nuevo, me sentía como el chapulín colorado. Me dijo: ¡Te tengo un obsequio! Y sacó de su tula un hermoso libro cuya portada tenía la pintura de tres mujeres bellas. El libro se llama: El esposado, memorial de la Inquisición. Yo me quedé sorprendida sin saber qué decir, cómo decírselo, cómo agradecerle. Pero aún más me asombré cuando me dijo ¿Qué dedicatoria quieres que te escriba? Yo le respondí que me escribiera unas palabras de las que nunca me olvidara y que me hicieran recordar el enorme espíritu de sabiduría que él tenía. Me escribió algo muy bonito, en señal de amistad y en señal de que de ahí en adelante él sería un maestro para mí y que yo podía acudir cuántas veces quisiera a él, como a un amigo. Entré y todos me vieron entrar con aquel libro y me preguntaron de qué se trataba. Yo les dije que el maestro Álvaro Pineda Botero me lo había regalado y empezaron a llenarse de interrogantes de por qué el obsequio y qué había hecho para ganarme un obsequio de aquel escritor. Yo solo respondí con una frase: Supe llegarle a él, supe ser yo misma sin apariencias, estar segura y satisfecha de lo que soy y eso es lo que aprecia un verdadero sabio.

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